lunes, 8 de agosto de 2011

Crónica de Rylia I

Comenzaron a aparecer las primeras luces del amanecer. Las montañas se recortaban contra el azul grisáceo del cielo, y una franja de color anaranjado se veía en el horizonte.

Después de dos jornadas sobre su montura, sin tiempo para poder dormir más de dos o tres horas, Rylia se encontraba cansada. Desde que había salido de su pueblo no había podido conciliar el sueño y no había comido más que dos trozos de pan rancio y bebido un poco de leche que tenía. Había tenido que salir de noche, oculta bajo las sombras y en silencio.

Huía. Aunque no sabía muy bien por qué tenía que hacerlo. En realidad no había hecho nada malo…pero las leyes eran las leyes decían en el pueblo, y había que acatarlas.

De pronto, mientras miraba el amanecer comenzó a recordar la mañana anterior a su huida: El cielo tenía un color plomizo y una fina lluvia regaba las calles. En la plaza había mucha gente congregada, era mañana de juicio y nadie quería perdérselo. Ella también estaba allí, en silencio, en una esquina, viendo como se desarrollaban los acontecimientos. En el centro de la plaza, sobre una pequeña tarima estaba el hombre que iba a ser ajusticiado: pelo rubio, alto, ojos claros y semblante serio. Escuchó el veredicto impasible

- “¡ "Culpable!”- gritó el juez

La turba congregada enfervoreció. La sangre siempre alegraba al pueblo, pero Rylia no entendía muy bien por qué.

De pronto, el condenado a morir bajo la espada de uno de los Caballeros del Rey comenzó a murmurar. Era un murmullo casi imperceptible, pero bastó para que la gente congregada callase, todos con los ojos abiertos, con cara de terror. Rylia comenzó a sonreír de medio lado “No podríais atraparle” pensó. Y en un abrir y cerrar de ojos, el reo ya no se encontraba en la tarima. No hubo humo, ni fuegos artificiales, solo un parpadeo del público y ya había desaparecido. La plaza se hizo un continuo run run, todos hablaban en voz baja, mirando a su alrededor y con cara atemorizada. Todo el mundo se preguntaba qué había pasado.

Después de eso, vinieron las preguntas y tuvo que salir corriendo. Preparó lo que consideraba que debía llevarse, y lo guardó bajo su cama para que nadie descubriera sus intenciones. Con lo que había ocurrido, la siguiente sería ella.

Allí sobre su pony, viendo el amanecer mientras descendía hacia el valle pensaba que era injusto, que no habían hecho nada malo. Mientras lo hacía no podía dejar de acariciar su abultado vientre. Antes de la próxima luna nacería su primer hijo y no podía estar más alegre. Pero a la vez se sentía desdichada: el niño jamás conocería a su padre y ella tampoco volvería a verlo.

Viajaba sola, embarazada y sin rumbo fijo.

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