martes, 9 de agosto de 2011

Crónica de Juan Sosiegos I

-¿Has visto la puntada? ¿eh, hijoputa?- dijo el anciano con su voz áspera.- así, así antes de que sepa que puede darte una mojada él a ti.

Juanito Sosiegos, a la muy adulta edad de 15 años, acababa de recibir su primera lección de trabajo y vida. Había observado como el viejo, chepudo y cojeando, se había acercado torpemente a un viste-crespones, uno de los guardas de comercio portuario de la ciudad y le había hundido un palmo de fino acero entre los hierros de su coraza, abrazándole por el cuello con la diestra e hincándole con la bien llamada siniestra. Y es que aunque el nombre de los viste-crespones no era el oficial sí el más justo. La ley no perseguía sus matanzas porque ellos eran la ley, lo cual favorecía la contratación de los servicios de gente como el curtido Gaona el “Chepas” para ajustar cuentas con ellos.

La parte más importante de la lección la aprendió cuando el viste-crespones, herido de muerte, embistió al anciano haciéndole perder el equilibrio al mismo tiempo que echaba mano a su asta enana y disparaba, sin apuntar, una descarga de espinas hacia el nuevo maestro del jóven Juanito. La descarga desgarró ropa y piel con la misma facilidad y en un instante Gaona el “Chepas” se veía aturdido y ensangrentado. Pero su veteranía le había curtido en el arte de correr antes de pensar, de modo que sin mediar palabra se arrastró con roedor sigilo entre las sombras de la oscura calle.

Juanito estaba paralizado. A pesar de haber visto muchas veces astas enanas, pues era costumbre entre los guardas alardear del tamaño de sus armas, jamás había visto el efecto de una desde tan cerca, pues era costumbre entre las gentes como Juanito andar lejos de los guardas cuando éstos usaban dichos artilugios. Jamás habría sospechado que tal podría ser la eficacia de estos objetos. Un asta de animal, en este caso de toro, forjada con metales y artes enanas que encerraba en su interior astillas de varitas mágicas que aun conservaban sus capacidades sortílegas. Magia de guerra envasada por orfebres enanos para que pudiese estar al alcance de todo el mundo, solo de pensarlo Juanito sentía un pánico terrible.

La descarga del asta, cuyo hechizo probablemente tuviese un nombre largo y complicado había provocado un destrozo rápido e impactante, llenando de sangre la cara del aprendiz de asesino con un sonido que no olvidaría jamás, un golpe de aire seco y agudo como el de una tabla golpeando fuertemente la superficie del agua.

Buena forma de terminar una vida de mercenario, pensó el chico, tras la descarga el guarda cayó de bruces. Cuando Juanito levantó la mirada no había rastro del anciano, del que aun ni siquiera conocía el nombre. Rápidamente comprendió que no era la hora de la sorpresa sino la hora de desaparecer.

Pero todo esto fue antes de que Juanito se ganase el sobrenombre de Sosiegos y de que aprendiese que su verdadera vocación no era ser un asesino de distinguida técnica sino alguien al que se le deba casi tan bien despachar vidas como conservar la propia.

lunes, 8 de agosto de 2011

Crónica de Rylia I

Comenzaron a aparecer las primeras luces del amanecer. Las montañas se recortaban contra el azul grisáceo del cielo, y una franja de color anaranjado se veía en el horizonte.

Después de dos jornadas sobre su montura, sin tiempo para poder dormir más de dos o tres horas, Rylia se encontraba cansada. Desde que había salido de su pueblo no había podido conciliar el sueño y no había comido más que dos trozos de pan rancio y bebido un poco de leche que tenía. Había tenido que salir de noche, oculta bajo las sombras y en silencio.

Huía. Aunque no sabía muy bien por qué tenía que hacerlo. En realidad no había hecho nada malo…pero las leyes eran las leyes decían en el pueblo, y había que acatarlas.

De pronto, mientras miraba el amanecer comenzó a recordar la mañana anterior a su huida: El cielo tenía un color plomizo y una fina lluvia regaba las calles. En la plaza había mucha gente congregada, era mañana de juicio y nadie quería perdérselo. Ella también estaba allí, en silencio, en una esquina, viendo como se desarrollaban los acontecimientos. En el centro de la plaza, sobre una pequeña tarima estaba el hombre que iba a ser ajusticiado: pelo rubio, alto, ojos claros y semblante serio. Escuchó el veredicto impasible

- “¡ "Culpable!”- gritó el juez

La turba congregada enfervoreció. La sangre siempre alegraba al pueblo, pero Rylia no entendía muy bien por qué.

De pronto, el condenado a morir bajo la espada de uno de los Caballeros del Rey comenzó a murmurar. Era un murmullo casi imperceptible, pero bastó para que la gente congregada callase, todos con los ojos abiertos, con cara de terror. Rylia comenzó a sonreír de medio lado “No podríais atraparle” pensó. Y en un abrir y cerrar de ojos, el reo ya no se encontraba en la tarima. No hubo humo, ni fuegos artificiales, solo un parpadeo del público y ya había desaparecido. La plaza se hizo un continuo run run, todos hablaban en voz baja, mirando a su alrededor y con cara atemorizada. Todo el mundo se preguntaba qué había pasado.

Después de eso, vinieron las preguntas y tuvo que salir corriendo. Preparó lo que consideraba que debía llevarse, y lo guardó bajo su cama para que nadie descubriera sus intenciones. Con lo que había ocurrido, la siguiente sería ella.

Allí sobre su pony, viendo el amanecer mientras descendía hacia el valle pensaba que era injusto, que no habían hecho nada malo. Mientras lo hacía no podía dejar de acariciar su abultado vientre. Antes de la próxima luna nacería su primer hijo y no podía estar más alegre. Pero a la vez se sentía desdichada: el niño jamás conocería a su padre y ella tampoco volvería a verlo.

Viajaba sola, embarazada y sin rumbo fijo.

viernes, 22 de julio de 2011

Crónica de Kulnur I

Una vez más volvía a tener esa sensación: la sensación de estar abandonando su propio cuerpo a la vez que su mente se veía envuelta en un torbellino de colores que, con el tiempo, iban tomando forma. Cuando por fin recuperó el sentido, se encontraba en un lugar totalmente nuevo para él aunque a la vez le resultaba  muy familiar: se encontraba en mitad de un campo de batalla, en mitad de alguna parte que no podía reconocer, aunque tampoco tuvo mucho tiempo para ello ya que antes de que pudiese darse cuenta se encontraba esquivando embestidas y repartiendo espadazos con el único fin de sobrevivir.
Tras unos minutos de intensa y sangrienta contienda, el silencio reinó en la planicie. Fue en ese momento, cuando Kulnur se dio cuenta de que una vez más él no era él: el cuerpo por el que estaba viendo no era su verdadero cuerpo y ni siquiera la forma feroz y brutal con la que había peleado le pertenecía a él. Así que, una vez mas, antes de poder continuar su verdadero viaje, Kulnur tendría q encontrar la forma de salir del mundo donde se encontraba.
Por lo que pudo observar se encontraba en el cuerpo de alguien importante, dada la calidad y la cantidad de filigranas que poseía la armadura que vestía, así como del arma que portaba entre sus manos.
 De pronto uno de los supervivientes, que vestía unos atuendos semejantes a los suyos, se acercó a él y con voz profunda se dirigió a él:
-    Mi rey ¡tenemos que darnos prisa! los soldados de Grenair siguen avanzando hacia la ciudad y, según cuentan nuestros exploradores… ¡traen un dragón con ellos!
En un primer momento no supe qué contestarle, pero al poco tiempo, como venido de la nada, todos los conocimientos sobre el lugar vinieron a mi cabeza, ya sabía lo que tenía que hacer para salir de allí.
-    Reuna a todos los supervivientes y salgamos rápido para Milrath. ¡El tiempo apremia! Llamad también a los magos, necesitaremos su ayuda si es cierto que cuentan con la ayuda de un dragón.